Cuentos luneros cascabeleros Inprimatu
2014/02/02

lunera

La vieja pensó que soñaba cuando escucho el estruendo y lo vio pasar.
Se asusto tanto que tiró la cesta de mimbre en la que llevaba las manzanas que había recogido para hacer una tarta de tarde.
Aturdida y sin recoger las manzanas del suelo, se sentó en una roca al lado de ese montículo gris alargado con raíles de tranvía que habían creado unos señores con casco en un abrir y cerrar de ojos.
Señores que conducían unos trastos enormes con palas gigantescas tragadoras de montañas.


Ahí estaba ella mirando desde la roca ese montículo gris y feo que contrastaba con el verde del prado y con el de los árboles.
Era como a ver puesto un lata oxidada en un atardecer...pensaba ella....
¿Y para qué?
¿Para qué?
Se preguntaba...
Sabia que era un tren como el que va a Barcelona, pero muy nuevo, algo que iba a traer buenas cosas para el pueblo y para la gente,
que iba muy rápido y que tenia forma de Y... que contaminaba poco y que era bueno para el futuro...
¿¿Para el futuro de quién??
A ella le gustaba más como estaba todo antes, sin montículos grises feos en mitad de un universo de colores, sobre todo ahora en primavera, en el despertar de las flores y de amalurra
¿¿Y para qué??
¿¿Para qué??
No entendía como algo que la asustaba tanto con su estruendo al pasar podía ser bueno.
Ella jamás lo había visto con su forma de tren, solamente veía una forma gris que pasaba rápido como el viento con un ruido ensordecedor y claro no podía evitar cerrar fuertemente los ojos hasta que pasase, como le había enseñado su ama que había que hacer ante los estruendos de las tormentas y ruidos desconocidos.
¿¿Y para qué??
¿¿Para qué??
Poco a poco se levantó de la roca y empezó a recoger todas las manzanas que estaban esparcidas por el suelo sin dejar de preguntarse para qué tanto destrozo, para qué tanto gris... y ella como vieja que era que no podía hacer más que lamentarse por lo ingenuos que habían sido al ceder al gris, al vender los colores de amalurra....
Cuando acabo de coger la última manzana roja una sonrisa se dibujo en su cara porque una gran idea apta solo para personas humanas tan viejitas como ella surco su mente.
Algo podía hacer.
Sabía que a la tarde en la plaza del pueblo se reunían algunos jóvenes para decir no al estruendo, jóvenes a los que no les gustaba el paisaje gris como a ella, aquellos que no se habían dejado convencer por señores de traje vendedores de progreso.
Así que decidió aportar sus manzanas rojas en forma de tarta de tarde para que ellos merendasen concentrados y así aportaba su granito de arena de color rojo en forma de pastel.
Porque lo bonito de la vida tiene color y... ¿¿ que mejor que endulzar y recordar que solo los seres de colores somos capaces de seguir luchando por recuperar los pinceles en este mundo tan gris??
Seria sin duda, uno de las mejores tartas de tarde de su vida, pensó.